domingo, 15 de enero de 2012

CHÁCHARA EL TRASPLANTE

Por Henry Osvaldo Tejeda Báez

Un hombre iba a pie a toda prisa, casi corriendo, en sus manos llevaba un corazón en una funda diseñada para esos menesteres, tropezó con el cuerpo de un perro que estaba tirado en la vía y que había sido atropellado por un vehículo.

El hombre, perdió momentáneamente sus espejuelos y cuando los encontró, cogió la masa de carne que se había salido de la funda, se alejó apresurado, porque ese corazón lo estaban esperando para ser trasplantado a una persona en un hospital de República Dominicana. Debo recordar que, en este país, es donde acontecen las cosas más inverosímiles.


Se armó el corre corre en el hospital: ¡Llegó el corazón! ¡Lleven al paciente al quirófano! ¿Dónde carajos anda el anestesista? ¡Enfermera, déjese de estar leyendo esa revista Vanidades y pómgase en lo suyo! ¡Ey, tu, conserje, trapea esa vaina sucia de placenta que hay en el piso de la sala de partos! ¡Diablazo, no me digan que no hay anestésia, ni gasa, ni jeringas! ¡Es el colmo, no hay suministro de nada aquí, coño!.

Esas eran las quejas en ese jolgorio, en ese centro de salud. Es lo mismo en todos los hospitales del país.

Parece que ese día las cosas no andaban bien en ese hospital donde no se acostumbra a realizar ese tipo de operación, pero el caso era de urgencia, además, los médicos quería "practicar". Era un paciente cualquiera, un descascarao del pueblo.

Lo primero que pasó cuando empezó la operación fue que se fue la luz, por lo que los médicos tuvieron que valerse de varios celulares para poder incrustar el corazón en su lugar, cosa esta que les dio mucha brega ya que los tubos y venas del corazón al parecer estaban mutilados o dañados; no coincidían con el "chasis" del paciente, por lo que tuvieron que hacer varios "empates".

Un amarre por aquí, un nudito por allí, un cose por acá, empata allí, unos puntos de este lado, en fin, una operación con muchas dificultades, hasta que al fin, terminaron en horas de la madrugada.

Después de unos cuantos días de recuperación en cuidados intensivos, el paciente fue dado de alta y enviado a su casa. Luego de cinco meses, el paciente desarrolló costumbres muy distintas a las que tiene una persona normal; deambulaba tarde de la noche por los callejones, comía en el piso, dejó de gustarle los vegetales y cada vez que veía un gato, lo perseguía con fines de matarlo, porque en los ojos se le podía ver las intenciones de hacerlo.

Adoptó posturas rarísimas, dormía en el patio y se "encojonaba" cada vez que una persona rara llegaba de visita a la casa. Dice una hermana que hasta llegó a ladrarle como un perro a una familia que fue de visita a la casa.

La hermana estaba mortificada, por lo que decidió llevarlo al médico, pero en la clínica no le encontraron nada fuera de lo normal, aunque notaron que siempre tenía la lengua afuera y respiraba de manera muy acelerada, pero no le dieron mucha importancia porque decían que eso son "mañas" que coge la gente. Le recetaron unas cuentas pastillas y le despacharon.

Ya su hermana estaba teniendo sospechas de lo que le pudiera estar pasando a su hermano, porque a cada momento recibía quejas del vecindario; le decían que su hermano se metía en patios y que estaba acosando a sus perros.

La hermana no podía creer lo que le decían, hasta que un día, le llevaron una foto de su hermano, encima de una perra.

Luego el hermano le confesó, que cada vez que veía una perra con las tetas afuera, le daba deseos de hacerle el amor.

Cuando se investigó el caso, se dieron cuenta que le fue trasplantado el corazón del perro con el que tropezó el tipo que lo llevaba para el hospital el día de la operación y que, cuando perdió los espejuelos (recetados) en el momento en que tropezó con el perro muerto en la calle, sin darse cuenta tomó el corazón del perro, que fue el que los médicos le trasplantaron al pobre hombre, ahora hombre/perro.

"Con razón me encontré ese corazón tan chiquito" -dijo el médico que hizo la operación.



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