domingo, 13 de noviembre de 2016

Como yo, tú puedes salir de la extrema pobreza sin esperar al Estado.

Por Brígido Ruíz

VENGO del fango, del caliche, de las labranzas en conucos y potreros ajenos, cobrando centavos por jornadas de doce horas de trabajo duro, vengo de la cachaza de los pies, ampollas y cayos en las manos por las arduas labores en la loma, vengo de conocer las entrañas de la indigencia, recuerdo la crueldad de tener que dormir en piso de tierra, en un “saco de pita”, que era mi colchón, sábana y almohada al mismo tiempo y enlodarme cuando llovía al penetrar el agua a la casa, vengo del “hambre de cuadritos”, que pone los labios cenizos y “cuartiaos”, he vivido la sarna y disentería en toda su crudeza, ser castigado chocándome la cabeza con la esquina del estante, vengo de estar encuero hasta los 9 años por no tener ropa, de ir a una excursión escolar al Palacio Nacional, Altar de la Patria y otros lugares importantes descalzo por no tener zapatos, (mi primer calzado fue una “pantuja” de goma a los 11 años.

Vengo de ser carretillero y “triciculero”, vengo del mabí, la masita, el pancuco, de comer mallorquina con agua de azúcar prieta como alimento posible y de recordar que cuando aparecía un sancocho de habichuela prieta (sin carne, por no haber) era para gozar de lo lindo, bailar bonito y “lamberse” los dedos, vengo de las lombrices, los empeines, los golondrinos, la seca, la nigua, de ir a las fondas a fregar los trastes para que me dejen comer los bigotes (las sobras de comidas que dejaban los clientes), con las mismas cucharas de ellos, sin pensar en enfermedades contagiosas o falta de aseo bucal de ellos y sólo buscar saciar el hambre visceral.
Vengo de hacer las necesidades en el monte, encima de una mata de cacao u otras, por no haber ni siquiera letrina, de ir a San Pedro de Macorís desde La Romana a pie buscando trabajo, por no tener para el pasaje, de dormir por mucho tiempo en marquesinas y garajes, de “fajarme” con varios panales de avispas y culebras encima de una alta mata de coco y tener que “bajar a mil” pelándoseme el pechito y las piernitas, vengo de quitarle la comida (los panes viejos) a los puercos, que le llevaban a la pocilga, vengo de probar refresco por primera vez a los 11 años, y vengo de ser el mugroso despreciado por los compañeros de escuela, por la pobreza extrema, sin ropa, ni libros y un sólo cuaderno para todas las materias, vengo de donde muchos creen que los brujos se convierten en tocón y tronco.

Vengo de nunca recibir juguetes de “Los Reyes” y quedarme con los lagrimones viendo a los niños jugar con los juguetes que les dejaban a ellos, vengo de hacer yo, un carrito de ruedas de javillas, de buscar un yaguique y ponerlo en una lomita para deslizarme, a veces con la mala suerte de que se rompía y se me pelaban las nalguitas encueras, vengo de ver los niños de mi edad con pistolas de mito y yo con mi pistolita de palo, también de ver otros niños con bicicletas y yo con mi caballo que consistía en un palo con un “bejuco amarrao” y vengo también de muchas peleas a “trompá limpia” por una cascarita de queso de hoja y orillas de pastelitos, entre otras cosas, que arrojaban los transeúntes.

Vengo de un lugar donde existía “el hombre barraco”, el “chivito jarto e’jobo” y el “arrebejio”, vengo del cocotazo, jalón de orejas, las pelas con sogas de pita, los reglazos en la escuela, la “patá” del burro, del castigo de hincarme en un guayo al sol o en un hormiguero, vengo de beber “bola de golpes”, del sebo “e’flande”, y el cachimbo, la tusa, el cadillo, las árganas, gurrupela, aparejo, y bozal, el cepillo de dientes hecho de pencas de guano, la mazamorra, los rámpanos, la escupidera o bacinilla, las avispas, piojos, arañas cacatas, el “cucuyo”, el saltacocotes, el chinchilín, la garrapata, alacranes, macos penpén, del jututo, batea de lavar, del cundeamor, guabá, mime, y el maye, vengo del tinmarin de 2 pingüé, del pico tejinco.

Vengo de tener que ponerme “juso” en el juego de bolas cuando el “bon” se pegaba de la empalizada, vengo de oír del miedo al “vacá”, de la pringamoza, de ver las mortajas, ánimas, la peste en animales especialmente gallinas y el “moquillo”, vengo de mearme durmiendo, de “besar” las manos a los mayores, de conocer el gato barcino, vengo del mapuey, la alquitira, guáyiga, ají montesino, la mata de javilla, la chácara, la guasuma, el anamú, guajabo, gonorrea, “chanclo”, vengo del “vámonos con Dios y el peso’ela cama”, el tirijala, de cuando al minusválido le decían renco, la babosa, la guabina, la jacha, de “jalar azá” (cultivar la tierra o desyerbar).

Vengo de donde se decía que algunos morían “de repente” o que “le echaron una cosa”, del aljibe, el pico y la coa, la mocha, vengo del aceite de higuereta, también vengo de la partera, del mal de ojo, del apazote, de las botellas que hacían las curanderas a las mujeres que parían, vengo de los remedios para “el pujo”, de la lagaña y del moriviví, del zen y el guajabo, del bofe, el gofio, vengo del poliéster y el safari como ropa de lujo, vengo del pancho o rebote (ropa usada hasta con remiendos) que para mi eran como de “cajeta”, y vengo del desodorante deporte, la desodorina, de la vaselina simple, de los morros de agua “jiguero”, la tinaja y el toporo.

Y con grandes esfuerzos y sacrificios he logrado escalar algunos espacios sociales (Juez Presidente de la Corte de Apelación de San Pedro de Macorís, Viceministro de Interior y Policía, entre otras muchas funciones), siempre aferrado a los valores cristianos y por ellos, conservando por encima de todo y como tesoro fundamental la honradez y responsabilidad.

El autor es abogado y profesor universitario