lunes, 31 de agosto de 2015

«Hijos de la angustia» de Ricardo Alegría Pons



MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN [mediaisla

En «Hijos de la angustia» el sujeto puertorriqueño se encuentra en lucha contra las circunstancias que le determinan, un ser en el mundo en lucha en su propia historicidad. La obra logra entrar en este aspecto o presentárnoslo como una virtualidad de las acciones humanas

Narrar es contar una historia, pero es también la creación a través del despliegue de las acciones de una performatividad del lenguaje que nos lleve a ver en el texto una representación del mundo y de la vida. Esta parte solo pueden hacerlo los grandes narradores como Cervantes, Dostoievski, Balzac, Stendhal o García Márquez, que son modelos de la narrativa universal. Cuando logro encontrar las condiciones de estos escritores en un novelista o en una novela primeriza, la celebro porque noto que el autor está en el camino.

Estar en ruta de lograr la creación de un mundo literario. Esa son las condiciones que buscamos en un artista de la narración. Las vemos en la creación de personajes, la caracterización, en el entroncamiento de la narración en un espacio, la historicidad que el autor le marca, en la relación problemática que los personajes guardan con su tiempo.

Todo esto me surge al leer la novela Hijos de la angustia, de Ricardo Alegría Pons, una obra enmarcada en distintas tradiciones de la narrativa puertorriqueña y latinoamericana. Pongamos por ejemplo la vertiente puertorriqueñista de la novela que explora el mundo nacionalista que ya aparece en Los derrotados, de César Andreu Iglesias, en las obras de René Marqués o en la novela Juego de las revelaciones, de Tomás López Ramírez; esta obra en relación con las anteriores es de un diálogo en que el sujeto se enfrenta con su destino. Los personajes nacionalistas son existencialistas, atrapados, dominados por la fuerza de las circunstancias. Encajonado en un dilema de patria o muerte, que es la ideología dominante en nuestra manera de concebir la solución de nuestros grandes problemas.

El nacionalismo es también la imagen de Pedro Albizu Campos, la del valor entregado a la patria como un sacrificio del sujeto, por encima del momento histórico y como ofrenda al porvenir. En esta obra el estudiante universitario saca de la historia que exuda su propia historicidad, como conciencia del tiempo pasado que el metarrelato cuenta y como saber y acción en el presente. Pero esta obra no se queda ahí, como la generación del cincuenta, tiene su excurso en Nueva York, las descripciones y circunstancias de la ciudad estadounidense contrastan con la ciudad de San Juan que es narrada como el cronotopo del ser angustiado que realiza la acción.

Los lugares de la ciudad, la Universidad con su Torre, las calles del Viejo San Juan, las referencias a la historia… parecen volver a los espacios de la memoria. Tal así que el famoso “Agapito Pace” toma aquí vida. Un aspecto sacado de la narrativa política corra un elemento significativo en la obra, porque ella será también la política del lenguaje y de los signos.

La ciudad de San Juan con sus personajes, con sus contrastes, es la de René Marqués, (“Otro día nuestro”) la misma de César Andreu Iglesias (Los derrotados) y la de Tomás López Ramírez (Juego de las revelaciones), sin embargo, es una ciudad que está ahí en su monumentalidad, en sus pequeñeces en su heroísmo, referido por el ataque nacionalista a la Fortaleza. Como lo hiciera Olga Nolla, (Rosas de papel) y la oralidad que encontramos en la música. Música que es bolero, un bolero de Pedro Flores que ambienta la vida del bar, y los personajes populares como la Lagartija, quien muere en Nueva York, con lo absurdo de la venganza y el rencor. Es esa una muerte violenta y rápida como si la vida fuera simplemente eso. Apagar y continuar, lo que muestra el ser en la calle como ser en peligro. Una vida que se va rápido.

Me llamó mucho la atención la concatenación de hechos que plantea un ritmo acelerado en la narración, muy propio de thriller, y que el lector, en su ansiedad, no soportaría hasta el final, pero que logra entusiasmar, en la parte del medio.

Alegría Pons entra en la tradición del setenta con la ciudad, la música, el nacionalismo, la huida a Nueva York, los referentes contextuales que conforman la puertorriqueñidad. También es notorio el lenguaje, solo con el lenguaje como realización poética puede el autor crear la virtualidad de la obra. No hay en esta el lenguaje poético de Tomás López ni el lenguaje sociolecto de Ana Lydia Vega; más bien es una obra de un registro medio, difícil por estar entre el lenguaje común y el lenguaje literario. Sabe el autor caracterizar a los personajes por su expresión y el registro le ayuda a encontrarse con una mayor cantidad de lectores. A veces puede hacer un desvío al lenguaje poético, pero esto es mínimo es una prosa tensada por la narración de los hechos y por la caracterización de los personajes.

Este aspecto me parece que es deudor de la narrativa realista, por lo que su prosa es neo-realista, sin caer en los excesos de esta forma de narrar. Pues no existe la crudeza, solo en los diálogos, encontramos la mimesis del habla de una manera distinta a como la realizó el realismo social, y como ya he dicho, distanciada del lenguaje de la calle que recoge la narrativa de Vega o Juan Antonio Ramos. De lo que llevo dicho podrá el lector sacar el entroncamiento generacional de este autor.

La otra tradición que esta escritura plantea es la del Boom latinoamericano. Sabemos que Alegría Pons tomó algunos cursos con Emilio Díaz Valcárcel y que las rupturas de la narrativa hispanoamericana están muy bien valoradas por los narradores del setenta y que los del cincuenta (como Díaz Valcárcel) la tenían también, pero no por la vía que hoy se hacen referentes, sino por las mismas fuentes de la narrativa estadounidense (Faulkner, Dos Passos). En el planteamiento arquitectónico de esta novela se echa de ver la preocupación por la forma, una forma que trabaja la relación hipertextual, donde la novela cuenta la escritura de otra novela, y donde hay personajes que buscan escribir la novela. El planteamiento metapoético está presente y no es nuevo, también está en otro compañero de Alegría Pons, en Lanovela Bingo, Manuel Ramos Otero.

Alegría no lleva a exagerar el juego cortazariano y esto es importante porque está trabajando en dos tradiciones. Las acciones del presente aparecen al final y esto le da una estructura circular a la obra, mientras que el elemento metapoético de la novela dentro de la novela parece funcionar como una fuga que rompe la prisión en que se está realizando la acción.

La circularidad del narrar en una novela de corta extensión plantea el problema genérico. Pues parecería que se desplaza del cuento a lanouvelle. Aspecto interesante, pues un novelista debe mantener una conciencia del tiempo de la novela y del desenlace de las acciones como en un cuento, pero además debe tener presente otros extremos que el novelista realiza por síntesis y el narrador largo por análisis, moroso o detallado.

La experimentación del Boom en esta obra la hace dialogar conFiguraciones en el mes de marzo (Emilio Díaz Valcárcel), por su carácter de fragmentación, por los intertextos con los que dialoga. Como un discurso de Pedro Albizu Campos y varios artículos que aparecen al final. En ellos se plantea una crítica mordaz a la sociedad puertorriqueña, a su crisis, a las ideologías dominantes y al vivir la puertorriqueñidad. Una preocupación que tienen Ana Lydia Vega y Tomás López Ramírez, por ejemplo.

En síntesis, en Hijos de la angustia el sujeto puertorriqueño se encuentra en lucha contra las circunstancias que le determinan, un ser en el mundo en lucha en su propia historicidad. La obra logra entrar en este aspecto o presentárnoslo como una virtualidad de las acciones humanas, como una configuración de un sujeto escritor dentro de la historia, la lengua, el arte literario, pero también en un horizonte que nos permite leer el texto como contexto, como escritura de una tradición el escribir en Puerto Rico y en Hispanoamérica.

Su autor Ricardo Alegría Pons muestra sus dotes narrativas y sus preocupaciones estéticas. Sus obras no han sido difundidas como debiera y su escritura tiene todo el potencial para mostrarnos otros espacios de la memoria, otros problemas del ser que como ser ahí, como ser para la vida, como ser en acción que despliega el significado de su historicidad.

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MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN (Higüey, RD). Departamento de Estudios Hispánicos de la UPR Cayey, es autor de Ensayos sobre literatura puertorriqueña y dominicana (2004), Entrecruzamiento de la historia y la literatura en la generación del setenta (2009), Las palabras sublevadas (2011) y Los letrados y la nación dominicana (2013), entre otros.


elpidiotolentino@hotmail.com; elpidiotolentino@gmail.com
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