miércoles, 12 de septiembre de 2012

CHÁCHARAS: LAS FRUTAS DE MI PATIO


Por Henry Osvaldo Tejeda Báez

Hoy me fui en blanco cuando me encaramé al techo de la casa en busca de frutas, apenas comienzan a nacer, y otras están muy nuevas. Tengo la suerte de que las matas han decidido treparse en el techo de mi tipí (mi casa) haciéndome las cosas más fáciles a la hora de los maroteos ya que, en lugar de trepar por el tronco, me subo por una escalera, saco la mano, y ahí están. 

Tengo en mi patio: Guanábana, Guayaba, Cereza, Mango, Mamón, Sirimoya (esta palabra no está en el diccionario), Aguacate, Manzana de Oro (mata enana) y naranja agria, estas últimas las usa mi esposa para echarle a la carne de Leonel, perdón, quise decir carne de cerdo. 

Cuando no hay luz, y hay muchas frutas maduras en mis matas, me siento en el paraíso. Pero se preguntarán ustedes, ¿qué carajos tiene que ver que haya un apagón, con los mangos y el techo de la casa? 

Fácil de explicar: cuando  no hay luz, no puedo ver televisión y mis pensamientos vuelan hacia el techo de la casa donde puedo marotear, ya bien   "jarto" de frutas, me pongo a leer un libro que previamente llevo conmigo.

Eso se llama, estar preparado para vivir con poca cosa. 

Cuando lo único que hay maduros son los mangos banilejos, Mancha, la perra de la casa (tiene una mancha negra alrededor de un ojo), me ladra desde abajo para que le tire las cáscaras. Es una bendición, esa perra es loca con los mangos banilejos, cosa esta que me alegra sobremanera porque las cáscaras me resultan más baratas que la carne. ¡No se ría, ombe, no estoy relajando!

En mi patio había gran mata de Tamarindo,  pero tuve que mocharla por dos motivos: primero, porque me estaba rompiendo la pared que me separa de la calle y segundo,  porque tuve un problema con un vecino. Les cuento.
 
Un día me estaba comiendo un par de esos jodios tamarindos, y son tan agrios, que tuve que hacer todas las muecas del mundo para masticarlo y hasta los ojos se me aguaron mientras trataba de "degustarlos". ¡Diablos, ahí la naturaleza metio la para bien honda!

El hecho es que, el vecino creyó que yo le estaba haciendo las muecas y las "musarañas" a él, por lo que se acercó a la pared de mi casa a decirme "un par de vainas". 

Yo fui muy cauto, porque en lugar de "irme a los puños" con él, preferí explicarle el por qué estaba yo haciendo todas esas ridiculos gestos con la boca. 

El hombre entendió y se retiró conforme; al otro día moché la mata.

En una próxima cháchara, le contaré las vainas de la perra de la casa, a quien yo creía que era señorita.



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