domingo, 11 de agosto de 2013

El arte de ser uno mismo







MANUEL GARCÍA VERDECIA [mediaisla] Muchas veces, atraídos por el señuelo de «ensayo», nos aventuramos en escritos farragosos, deslucidos, catálogos de citas y referencias, escenarios de pruebas para los más deslucidos e innecesarios términos, resúmenes de lecturas de otras lecturas de otras hasta el cansancio, pero sin el menor brillo de inteligencia y belleza.

Hay una modalidad de escritura que, infelizmente, ha sido adulterada para perjuicio de la literatura. Me refiero a un género esencial aunque no siempre debidamente valorado, el ensayo. 

Sucede que de un tiempo a esta parte se ha denominado como tal a cualquier texto donde se hable de asuntos de la realidad con la mayor objetividad posible, sin participación de la ficción y, sobre todo con una contundente base de opiniones y datos autorizados. 

Al despojarlo de la imaginación y de la belleza de expresión se ha intentado alcanzar cientificidad en la exposición y máxima seguridad en la comprensión. De modo que se lo ha desplazado del ámbito de la literatura y se le haempleado en otros departamentos de la elaboración intelectual. 

Gradualmente, el ensayo fue recibiendo el embate erosionante de ciertas pretensiones arrogantes. Una, la pretensión de verdad. Se quiere, como en unjuicio ideal, decir toda la verdad, nada más que la verdad. Sin embargo la verdad no es un estado ni, una condición hecha y permanente. 

Como todo, la verdad es una suma de aristas de veracidad que varían en el tiempo y con las percepciones y propósitos de los hombres. Otra pretensión derivada de aquella es la de invalidación de lo otro, del otro. Lo que decimos nosotros es LA VERDAD, por tanto el otro está en lo falso. La tercera, y como lógica consecuencia de los presupuestos anteriores, es la pretensión de cientificidad. 

Como lo que decimos es LA VERDAD y desacreditamos todo otro intento de aproximación a un problema pues necesitamos un máximo de sustento autorizado por esa gran deidad, la ciencia. Nuestra expresión se inunda de textos ajenos pero próximos a nuestro concepto, de modo que podamos vencer por mayoría. Es así que muchas veces, atraídos por el señuelo de «ensayo», nos aventuramos en escritos farragosos, deslucidos, catálogos de citas y referencias, escenarios de pruebas para los más deslucidos e innecesarios términos, resúmenes de lecturas de otras lecturas de otras hasta el cansancio, pero sin el menor brillo de inteligencia y belleza.

Pienso que, además de los consabidos y casi inevitables prejuicios en todo acto humano, se han producido ciertas confusiones. Quizás la causa esté en la misma vulgarización del término. Se sabe que es práctica ya corriente de concursos y empresas editoriales echar en el saco de «ensayo» a toda obra que no rime con la ficción. Así mismo ¾lo sé por mi trabajo editorial y como jurado de concursos¾, los resultados de investigaciones sobre aspectos socio-culturales y artísticos casi inevitablemente traen el apelativo de ensayo, cuando en realidad son tesis, tesinas, memorias descriptivas, reportes investigativos, monografías, informes referativos, colección de artículos, etc. 

Aunque creo que la investigación es también creación, sólo que de otro costal, no se debe confundir su escritura con el género ensayo. El mero desarrollo y fundamentación de un tema determinado no lo justifica a clasificar como tal. Es necesario conocer el surgimiento y la historia del género como forma de literatura para poder entonces entender de qué se trata.

El autor a quien se considera creador del género literario, por denominar como tal sus textos, el francés Michel de Montaigne, lo concebía así:

«Sin duda hablo a veces de cosas que han tratado mejor y con más verdad los maestros de los respectivos oficios. Yo aquí me limito a ensayar mi facultades naturales y no las adquiridas.» (Énfasis mío.)

O sea, Montaigne propuso, a partir de su personal realización, una nueva manera de hacer literatura. La misma consistía en tratar de asuntos y fenómenos a los que muchos se referían, pero hacerlo a partir de su apreciación particular, en lo que consideraba como un ejercicio de experimentar sus facultades.

Por tanto es necesario empezar diciendo que el ensayo es un género de opinión. Ya desde las valoraciones de Theodor Adorno conocemos las especificidades de la opinión respecto a otras formas de conocimiento, la cual está basada en un alto grado de subjetividad. La misma, por basarse en una perspectiva y una conceptuación a tenor de la intelección individual no tiene por qué sustentarse en demostraciones verificables. Esto no quiere decir que entremos en el territorio de lo descabellado o fantástico. Simplemente que el interés de un ensayo está en apreciar la manera en que alguien de cierta autoridad intelectual asume un determinado asunto y discierne sobre el mismo. De modo que si fuera a dar una posible definición del género señalara que es la expresión personal de un asunto tratado con la mayor perspicacia y expresado con la mayor belleza.

Es esto lo que indica que el autor «ensaya», o sea, se atreve, experimenta y arriesga una visión particular y original de lo que se examina. Esto es lo creativo pues ¿qué es la creación sino la puesta en tensión de nuestras capacidades y talento para producir una obra, en este caso un texto, que no existía anteriormente? Como para no dejar dudas sobre el cariz eminentemente imaginativo de sus textos, Montaigne declara:

«Quien ande en busca de ciencia, cójala donde se aloje, que yo no profeso tenerla. Estas son solamente mis fantasías, con las que no pretendo hacer conocer las cosas, sino hacerme conocer yo.» (Vuelvo a enfatizar.)

Expresamente habla de fantasía, que debe entenderse como imaginación y no vuelo a territorios irreales. Solo hay que leer los textos del autor para verificarlo. Sin imaginación cualquier forma de literatura no es solo inconcebible, sino también inviable. Fantasía es la máxima tensión de la mente para observar, encontrar, concebir y producir nuevas recreaciones de lo existente.

A riesgo de parecer un tanto profesoral preguntemos ¿qué es la literatura? Es la obra mediante la palabra que refleja cierta realidad con intención estética. Y ¿creación? Pues obra que no es dada sino elaborada a partir de la realidad. ¿Cómo clasificar sino textos como La biblioteca como dragón, de Lezama Lima, Historia de le eternidad, de Jorge Luis Borges, o El mono gramático, de Octavio Paz, por no hacer un rosario de citas? ¿No hay ahí creación genuina, adelantamiento de visiones peculiares, donde la ingeniosidad, lo insólito del planteamiento, la sutileza de aprehensión son más significativos que la veracidad alcanzada? Curiosamente, notemos que los ensayistas de raza practicaron otro género con excelencia, así la poesía en los autores antes mencionados o la novela en casos como Unamuno, Carpentier o Camus.

Por olvidar esa esencia literaria, de creación mediante la imaginación, se ha ido desvirtuando el sentido prístino del ensayo. De aquí que me gusta ir a sus orígenes y reflexionar sobre las características que movieron a su surgimiento para hallar fuentes que posibiliten su gradual regeneración. Y no es que me oponga a la evolución de los géneros. Sólo que pienso que toda evolución debe ser para beneficio a partir de sus funciones, no para desvirtuar el lugar que ocupa entre las realizaciones humanas.

Si bien el hombre desde siempre ha meditado sobre sí mismo y sobre cuanto lo rodea —aunque a veces sus actos sugieran lo contrario—, pues es un ser para la reflexión, es sobre todo con el Renacimiento y la visión humanista surgida de él que se dan las condiciones para que este acto devenga un género de expresión. El francés Michel Eyquem (1533-1592), más conocido por el nombre de la propiedad familiar, Montaigne, tenía los medios para investigar y vivir. Estudió leyes, tuvo una vida libertina en su juventud, viajó con asiduidad, se relacionó con gente importante y poseyó una profusa biblioteca en cuya torre se recluyó por muchos años a aprender de los otros. Lógicamente, una persona inteligente y sensible, con una vida tan abierta, dinámica y variada, alcanza un instante en que, por saturación de conocimientos y visiones, tiene algo que devolver. Es así que empezó a anotar sus observaciones de viajes, de experiencias y lecturas. Fruto de estas reflexiones nacieron sus famosos Ensayos, su única obra, ampliada y pulida a lo largo de su existencia.

Es significativo que Montaigne escribió no para convencer a nadie, no para derrotar otro pensamiento, ni para establecer un canon de verdad. Él escribió, en primer lugar, para aprender. «Soy yo mismo la materia de mi libro», apuntaba. Y claro, pues nadie examinar la existencia más que a partir de su propia intelección. Hay quienes se llaman ensayistas y son una colección de frases prestadas, recogidas de aquí y allá, sin el mínimo chispazo de una idea original. En tal sentido, considero que lo que más atrae de un ensayo es que nos presente una visión inusual, desconcertante, inédita de un fenómeno que la fatiga y la rutina han revestido de clichés. Confieso que he leído con sumo interés y placer textos de los cuales discrepo en su perspectiva, pero que me subyugan por lo insólito y fascinante de su elaboración. En tal sentido creo que para el ensayo opera, más que el presupuesto de veracidad, el de la argumentación coherente y sólida en su propio orden de miras.

El propósito que movía la pluma de Montaigne era conocer, para saber más de sí y de la vida. Pensaba que el hombre tenía ante sí un gran reto, vivir. Para saldarlo eficazmente debía conocerse a sí mismo y también al mundo que lo rodeaba. Sólo del conocimiento podía surgir el mejor ejercicio del vivir y, por tanto, su despliegue más eficiente. El vivir que tiene un escollo inevitable, la muerte, pero que si se aprende a ejercerlo en plenitud y sacar el máximo de sentido de él, pues aquella se acepta sin aspavientos. «Filosofar es aprender a morir», decía. No le preocupaba que sus lectores tuvieran sus escritos por exactos o definitivos. Promulgaba que no buscaba decir las cosas «tal cual son», sino «tal como yo las veo». Por eso expresaba, «No he tenido consideración alguna hacia tu provecho ni hacia mi gloria». Y no era desdén por sus posibles lectores, sino honradez, para que no buscara más de lo que él intentaba ofrecer, su visión peculiar de los asuntos. El provecho y la gloria, él intuía, eran resultados posteriores a la creación. Lo primero era pensar y exponer tan hondo y bien como podía. El lector evaluaría si era de su utilidad y el tiempo determinaría si le concedía el beneplácito de la gloria.

Es ahí, en esa perspectiva singular, quizás defectuosa pero hondamente humana, donde está el valor sustancial de los ensayos de Montaigne y de todo verdadero ensayo. En definitiva si algo puede un individuo aportar al conocimiento general, al múltiple y gradual acercamiento a la verdad, es su visión única por individual y propia. Por eso el padre del género emplea la palabra «ensayar» para denominar sus textos, pues se proponía medir sus fuerzas con la de los asuntos que abordaba. Se trataba de intentar, probar, desplegar posibilidades analíticas, cognoscitivas y expresivas, para examinar un problema humano. Se esforzaba a hacerlo con el máximo de penetración personal y de belleza expresiva. No era LA VERDAD lo que buscaba sino su porción de verdad. A la larga, habría que preguntarse si algo que pasa por el prisma de la palabra no está teñido ya de ficción. La palabra es un espejo de agua.

Pienso que lo que da valor al ensayo es esta cualidad personal. Ante todo está la autoridad que confiere el talento de quien ensaya. Luego el interés del tema que trata. A este se suma, el atractivo del punto de vista con que lo presenta y la singularidad del modo en que lo expresa. Finalmente, el grado de iluminación trascedente que alcance en su desarrollo.

Y, como seguidor de Montaigne que soy, no quiero que se me tome por dictador de normas. Simplemente expreso lo que pienso al respecto. Creo que ese es el fin de todo creador. Pretender más es solo vanidad. | mgb, holguín, cuba manuel.odiseo@gmail.com


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